

Hoy rendimos un tributo a Coahuila, así comienza el poeta el loable himno de éste Estado del norte del país. El norte de México se caracteriza por la rudeza de su clima, veranos muy cálidos e inviernos demasiados fríos. Castigada esta región por la ausencia del sagrado llanto de los dioses, pero bendecida por la riqueza de su suelo, así pues el norte mexicano abre sus puertas a todo visitante y viajero.
Nací aquí en un oasis justo a la entrada del inmenso desierto coahuilense. A orillas del 'Nilo mexicano', tal como se le conoce al río Nazas, cuyas aguas bajadas de la sierra madre occidental dan vida al desierto coahuilense. De aquí soy, de esta tierra que vio nacer a grandes personas ilustres, de este clima que forjo el carácter de una sociedad trabajadora, de una tierra que es fértil en la amabilidad y la franqueza de su gente.
Desde pequeño, tuve la oportunidad de realizar viajes por todo mi Estado. Pero hay un trayecto el que me me deja siempre con el espíritu fortalecido, me refiero a la ruta del desierto a la montaña. Para el novato viajero que se adentra a la tierra de gigantes, existe un recorrido que mostrará a los viajeros la rudeza del clima y la amabilidad de su gente. Nuestro recorrido inicia en Arteaga, municipio al extremo sureste del Estado, próximo a la ciudad de Saltillo. A la falda de la Sierra Madre Oriental, la población de Arteaga se mantiene ahí, quieta, tranquila y hermética, como si el duro frío invernal provocado por sus constantes nevadas y su bosques de pino y de oyamel, fueran testigos mudos de la fortaleza de sus habitantes.
Al despedirnos de Arteaga, Saltillo recibe al viajero con su ordenado crecimiento urbano. Capital del Estado, la ciudad otorga bellezas coloniales a su huéspedes. En la capital el acelerado ritmo urbano se entremezcla con la tranquilidad de sus habitantes. Las botas y las tejanas son un atuendo típico de el saltillense. Sus sarapes reconocidos internacionalmente, hacen presencia de la herencia folclorica que los primeros pobladores tlaxcaltecas dejaron en estas tierras. Su gran museo del desierto, su museo de las aves, la catedral de Santiago custodiados por la sierra del Zapalinamé, hacen de Saltillo un digno lugar al pie de las Montañas.
Siguiendo nuestro rumbo hacia donde el sol de pone, cruzamos el Valle de Santiago de la Nueva Tlaxcala para adentrarnos al Gran Cañón de Rincón Colorado, en el municipio de General Cepeda. Aquí nos reciben los 'Gigantes de Coahuila' el único lugar de México que alberga la comunidad más amplía de dinosaurios. Sus estructuras óseas son testigos mudos de la vida milenaria por el norte del país.
Al dejar Rincón Colorado, nor recibe la dureza y áspera cara del desierto coahuilense. Kilómetros enteros de arena, matorral y un sol agobiante hacen parecer difícil el camino del viajero. Se añoran esos vientos frescos de la sierra de Arteaga, esa fácilidad de vida de Saltillo y ese vaso de agua que el habitante de Cepada dan al viajero. Parece que en medio del desierto no se ve nada, no hay nada no tiene vida nada. Sin embargo a la entrada del desierto de la Paila, se entreve una comunidad robusta de árboles.
Pareciera ser un espejismo sútil que el desierto ofrece a sus vistantes, pero es real. Un oasis se presenta ante el viajero, un lugar de descanso, de sombre y sobre todo de Vida. El oasis se llama Parras de la Fuente. Con sus grandes manantiales, Parras no solo da alienta el camino del viajero, sino que da vida a una región desde hace muchos años. Su fruto de dátiles, higos, nueces y uvas se convierten en un regalo de los dioses. Manjares exquisitos Parras de la Fuente ofrece al huésped.
Una vez retomadas las fuerzas a mitad del viaje; retomamos el camino rumbo a donde se oculta el sol. Salimos del oasis para adentrarnos nuevamente al desierto coahuilense. Nuestro destino, San Pedro de las Colonias, 'cuna de la revolución mexicana'. El milagro del desierto, el nilo mexicano. En la inmensidad del desierto aflora San Pedro, una ciudad de mediano tamaño. Pueblo fantasma que procrea en su interior una vida constante. Fértil tierra en la aridez del desierto, no por algo fue considerado por más de 50 años la capital mundial del algodón. Aquí en San Pedro, Francisco I. Madero reside sus años de esfuerzo y de lucha familiar, en su pequeña propiedad hacendaria del desierto, escribe su libro 'La Sucesión Presidencial' sustento y base de la actual democracia que no rige a la nación. Aquí se desato el 14 de Abril de 1914 la batalla más cruel de la Revolución Mexicana, dando un triunfo incontundible a los 'Dorados de Chihuahua' comandados por Francisco Villa y Pedro V. Rodríguez Triana, dando inció a la derrota de los federales huertistas.
Así pues San Pedro recibe al viajero con sus 134 años de historia, así San Pedro con la dureza de su clima pero con la bonanza de su tierra da abrigo y cobijo a cuanto peregrino pase.
Siguiendo nuestro camino hacia donde el sol se oculta, nos topamos con Matamoros de la Laguna, de donde se nos divisa el desierto de Viesca y su población antigua de esta región; los matamorenses y su enormes cultivos de melón y de sandía dan frescura a la boca sedienta del viajero. Incluso Benito Juárez fue hospedad en su huida en este municipio, quedando aquí los poderes de la presidencia de la República por un corto tiempo. Con su hortalizas del desierto y las constantes arenas que provienen de las duna de Bilbao, seguimos hacia el ultimo destino de este recorrido: La Perla de La Laguna.
Al pasar el desierto arenoso y las fértiles tierras a la rivera del nilo mexicano, llegamos al desierto de piedra. Y al cruzar una pequeña serranía, el Cristo de las Noas abre sus brazos a todo viajero. Colocado en la parte alta del cerro de las Noas, este Cristo da latido al corazón de la ciudad de Torreón. Enorme ciudad industrial y el ajetreo constante de su ruido urbano, la perla de la laguna, como se le conoce, hace que el viajero descanse ante todas las comodidades, modernas que el hombre ha creado.
Aquí Torreón se convierte no solo en la Perla de la Laguna sino en la ciudad industrial más importante del Estado y del centro norte del país. El torreonense es pues el reflejo del lagunero, con su hospitalidad matamorense, su fortaleza sanpetrina, su historia viesquense, su vida maderense y calidez torreonense hacen que el recorrido del viajero termine aquí, después de 298 kilómetros de recorrido.
Ahora sí puedo decir, lo que el poeta sigue cantando en su himno...
P
Nací aquí en un oasis justo a la entrada del inmenso desierto coahuilense. A orillas del 'Nilo mexicano', tal como se le conoce al río Nazas, cuyas aguas bajadas de la sierra madre occidental dan vida al desierto coahuilense. De aquí soy, de esta tierra que vio nacer a grandes personas ilustres, de este clima que forjo el carácter de una sociedad trabajadora, de una tierra que es fértil en la amabilidad y la franqueza de su gente.
Desde pequeño, tuve la oportunidad de realizar viajes por todo mi Estado. Pero hay un trayecto el que me me deja siempre con el espíritu fortalecido, me refiero a la ruta del desierto a la montaña. Para el novato viajero que se adentra a la tierra de gigantes, existe un recorrido que mostrará a los viajeros la rudeza del clima y la amabilidad de su gente. Nuestro recorrido inicia en Arteaga, municipio al extremo sureste del Estado, próximo a la ciudad de Saltillo. A la falda de la Sierra Madre Oriental, la población de Arteaga se mantiene ahí, quieta, tranquila y hermética, como si el duro frío invernal provocado por sus constantes nevadas y su bosques de pino y de oyamel, fueran testigos mudos de la fortaleza de sus habitantes.
Al despedirnos de Arteaga, Saltillo recibe al viajero con su ordenado crecimiento urbano. Capital del Estado, la ciudad otorga bellezas coloniales a su huéspedes. En la capital el acelerado ritmo urbano se entremezcla con la tranquilidad de sus habitantes. Las botas y las tejanas son un atuendo típico de el saltillense. Sus sarapes reconocidos internacionalmente, hacen presencia de la herencia folclorica que los primeros pobladores tlaxcaltecas dejaron en estas tierras. Su gran museo del desierto, su museo de las aves, la catedral de Santiago custodiados por la sierra del Zapalinamé, hacen de Saltillo un digno lugar al pie de las Montañas.
Siguiendo nuestro rumbo hacia donde el sol de pone, cruzamos el Valle de Santiago de la Nueva Tlaxcala para adentrarnos al Gran Cañón de Rincón Colorado, en el municipio de General Cepeda. Aquí nos reciben los 'Gigantes de Coahuila' el único lugar de México que alberga la comunidad más amplía de dinosaurios. Sus estructuras óseas son testigos mudos de la vida milenaria por el norte del país.
Al dejar Rincón Colorado, nor recibe la dureza y áspera cara del desierto coahuilense. Kilómetros enteros de arena, matorral y un sol agobiante hacen parecer difícil el camino del viajero. Se añoran esos vientos frescos de la sierra de Arteaga, esa fácilidad de vida de Saltillo y ese vaso de agua que el habitante de Cepada dan al viajero. Parece que en medio del desierto no se ve nada, no hay nada no tiene vida nada. Sin embargo a la entrada del desierto de la Paila, se entreve una comunidad robusta de árboles.
Pareciera ser un espejismo sútil que el desierto ofrece a sus vistantes, pero es real. Un oasis se presenta ante el viajero, un lugar de descanso, de sombre y sobre todo de Vida. El oasis se llama Parras de la Fuente. Con sus grandes manantiales, Parras no solo da alienta el camino del viajero, sino que da vida a una región desde hace muchos años. Su fruto de dátiles, higos, nueces y uvas se convierten en un regalo de los dioses. Manjares exquisitos Parras de la Fuente ofrece al huésped.
Una vez retomadas las fuerzas a mitad del viaje; retomamos el camino rumbo a donde se oculta el sol. Salimos del oasis para adentrarnos nuevamente al desierto coahuilense. Nuestro destino, San Pedro de las Colonias, 'cuna de la revolución mexicana'. El milagro del desierto, el nilo mexicano. En la inmensidad del desierto aflora San Pedro, una ciudad de mediano tamaño. Pueblo fantasma que procrea en su interior una vida constante. Fértil tierra en la aridez del desierto, no por algo fue considerado por más de 50 años la capital mundial del algodón. Aquí en San Pedro, Francisco I. Madero reside sus años de esfuerzo y de lucha familiar, en su pequeña propiedad hacendaria del desierto, escribe su libro 'La Sucesión Presidencial' sustento y base de la actual democracia que no rige a la nación. Aquí se desato el 14 de Abril de 1914 la batalla más cruel de la Revolución Mexicana, dando un triunfo incontundible a los 'Dorados de Chihuahua' comandados por Francisco Villa y Pedro V. Rodríguez Triana, dando inció a la derrota de los federales huertistas.
Así pues San Pedro recibe al viajero con sus 134 años de historia, así San Pedro con la dureza de su clima pero con la bonanza de su tierra da abrigo y cobijo a cuanto peregrino pase.
Siguiendo nuestro camino hacia donde el sol se oculta, nos topamos con Matamoros de la Laguna, de donde se nos divisa el desierto de Viesca y su población antigua de esta región; los matamorenses y su enormes cultivos de melón y de sandía dan frescura a la boca sedienta del viajero. Incluso Benito Juárez fue hospedad en su huida en este municipio, quedando aquí los poderes de la presidencia de la República por un corto tiempo. Con su hortalizas del desierto y las constantes arenas que provienen de las duna de Bilbao, seguimos hacia el ultimo destino de este recorrido: La Perla de La Laguna.
Al pasar el desierto arenoso y las fértiles tierras a la rivera del nilo mexicano, llegamos al desierto de piedra. Y al cruzar una pequeña serranía, el Cristo de las Noas abre sus brazos a todo viajero. Colocado en la parte alta del cerro de las Noas, este Cristo da latido al corazón de la ciudad de Torreón. Enorme ciudad industrial y el ajetreo constante de su ruido urbano, la perla de la laguna, como se le conoce, hace que el viajero descanse ante todas las comodidades, modernas que el hombre ha creado.
Aquí Torreón se convierte no solo en la Perla de la Laguna sino en la ciudad industrial más importante del Estado y del centro norte del país. El torreonense es pues el reflejo del lagunero, con su hospitalidad matamorense, su fortaleza sanpetrina, su historia viesquense, su vida maderense y calidez torreonense hacen que el recorrido del viajero termine aquí, después de 298 kilómetros de recorrido.
Ahora sí puedo decir, lo que el poeta sigue cantando en su himno...
'Al mirar sus desiertos y montañas,
escenario del esfuerzo creador,
surge el nombre de los hombres y mujeres,
que forjaron con valor esta nación....'
escenario del esfuerzo creador,
surge el nombre de los hombres y mujeres,
que forjaron con valor esta nación....'
P
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